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Coria: la capital de mis recuerdos

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Eran aún tiempos de sueños sin sobresaltos y juegos infantiles, ese tiempo de ausencia de problemas del que gozamos en nuestra más tierna infancia. Vivía en una pequeña ciudad, o mejor dicho, en un pequeño barrio, porque todavía no conocía el resto. Pero pasaron los años y un día descubrí que había más. Que esa ciudad se esparcía enorme, caótica y sin sentido. Qué detrás de cada casa, surgían las piedras de la siguiente. Que detrás de una plaza, se atisbaba la sombra de una farola. Sin duda resultaba más grande de lo que nunca habría llegado a pensar. Llegó entonces ese día en el que una mano se aferró a la mía, era la mano de un guía. Ese día conocí Coria.

 

Nada más dejar atrás muchos centímetros de la zona nueva -donde yo vivía- una gran pared de sillares regulares nos impidió seguir adelante, habíamos llegado a la parte antigua, a la zona amurallada, al comienzo de esta historia y al descubrimiento de la Historia de mi propio pueblo. La mano guía me explicó que estos eran los límites de la antigua ciudad romana de Medina Cauria y que estas murallas llevaban resguardando de mil batallas a los caurienses desde el siglo III, desde el Bajo Imperio Romano. -Eso debía de ser mucho tiempo -pensé-.

Entonces seguimos recorriendo la muralla con la sensación de buscar escapatoria, a pesar de que los que estábamos fuera éramos nosotros. Pronto llegamos a una enorme puerta. Hoy ya no es tan grande pero entonces me pareció abierta para gigantes, monstruos y otros seres descomunales. Me explicó que esta era una de las cuatro puertas de la ciudad, que la parte antigua sólo tenía estos cuatro accesos, y por lo tanto, sólo estas cuatro salidas. -Esta es la puerta de la Cava -me dijo-. Y entramos. Nos recibió una plaza, una enorme plaza, y la mano me pidió que levantara la vista hacia el Norte. Entonces quedé pasmado de la impresión. Una torre enorme se levantaba ante nosotros. La muralla la había tenido escondida, y ahora nos la mostraba orgullosa. Era la torre del homenaje del castillo de los Duques de alba, del s. XV, de estilo gótico y belleza insuperable. Quedé pasmado. Y continuamos atravesando la plaza de la Cava. Yo fui tropezando con el empedrado que yacía a mis pies porque no hacía más que girarme a cada momento para retener en mis recuerdos la imagen de ese castillo. Gracias a mi persistencia hoy todavía lo recuerdo.

Continuamos por la Calle de los Paños, y zigzagueamos por callejones que aún a mí me sorprendieron por su estrechez. En este laberíntico paseo el guía me descubrió una coqueta judería, un edificio plagado de rejas. -Esta es la Cárcel Real de Coria, hoy es un museo de la ciudad, pero antaño encerraban aquí a los malos- me explicó la mano-. -Pobres malos -pensé-. Justo enfrente había un edificio larguísimo que ocupaba toda la calle, este es, según me explicó mi guía, el Convento Madre de Dios. Si me sorprendió la fachada, más lo hizo el que entráramos. Todo estaba muy oscuro, terroríficamente oscuro. Entonces una voz dulce cargada de eco nos recibió. -Ave María Purísima- nos dijo-. La voz misteriosa salía de una enorme ventana cerrada, tras una celosía de madera. No salía de mi asombro. -Son monjas que viven en clausura, Pablo -eso me tranquilizó, aunque hoy todavía no consigo entenderlo-. La mano le dio unas monedas, la celosía giró, y la mano de la voz misteriosa nos acercó una bolsa de papel con algo pesado y caliente dentro. Un aroma de ensueño, que desde entonces llevo guardado en mi galería propia de olores, invadió toda la estancia. Entonces salimos.

Eran unos dulces exquisitos, de harina, huevo y almendra, elaborados con todo el cariño y de manera artesanal. Acabamos casi con el paquete mientras continuamos la marcha. Volvimos a las callejuelas estrechas. Recuerdo que eran tan estrechas que mi guía era capaz de, situándose en el centro, rozar con la punta de los dedos de las dos manos las dos paredes. Y,  claro, entonces descubrí que la mano tenía otra mano. Despistado por el descubrimiento no me di cuenta que habíamos parado. ¿Por qué habíamos parado? Pronto lo descubrí. A pesar de que el sol me cegaba, levanté la vista y, quedé tan petrificado como los sillares que la conformaban. Era majestuosa, enorme -mucho más que la puerta de entrada a la parte antigua-, colosal. No conseguía abarcarla de un solo vistazo. Tenía que girarme para disfrutarla de manera completa. -¿Es un iglesia enorme? -Le dije a la mano-. -No Pablo, es la Catedral de Coria- me aclaró-. Ante mis ojos tenía una enorme construcción que comenzó a construirse en el siglo XV, y que no se terminó hasta el s. XVIII. Era, según me explicó la mano, una Catedral gótico-plateresca, con una enorme fachada habitada por cientos de seres tallados, y un campanario en lo alto plagado de enorme campanas. El edificio se extendía por toda la explanada, parecía no tener fin. La recorrimos de lado a lado manteniendo la distancia para poder contemplar el conjunto en su totalidad hasta que llegamos a un enorme mirador, y detrás de ese mirador de piedra, un paisaje alucinante.

Desde allí mis ojos abarcaron unas dimensiones que nunca habían abarcado. Un enorme río rodeado de una enorme extensión de terreno verde. Y lejos del río, solitario, se encontraba un puente de piedra. -Este es el puente medieval- me informó mi guía-. Pero, ¿Cómo puede ser un puente si por debajo no pasa el río? -le pregunté extrañado-. Entonces me contó una historia realmente encantadora. -Este puente se construyó en el s. XVI, y un siglo después, un tremendo terremoto con epicentro en Portugal, llegó hasta aquí, entonces desvió el cauce del río hasta donde hoy se encuentra, a unos 300 metros -y continuó-, por eso a los corianos nos llaman "Corianos bobos", porque durante muchos años tuvimos un puente sin río, y un río sin puente-. La historia me pareció realmente alucinante, y hoy, después de tantos años, me lo sigue pareciendo.

Quedé tan absorto con esta historia que no me di cuenta que la mano me había soltado. Quedé libre para disfrutar de aquel paisaje. Después de unos minutos desperté de mi fantástico letargo, me giré, y la mano ya no estaba. De repente me quedé solo ante aquella inmensidad. La mano y su otra mano habían desaparecido. En un principio sentí miedo, pero no me quedo otra que deshacer el camino andado y volver a casa. Nunca le conté esto a mis padres, porque nunca se lo hubieran creído. Lo que si hice fue volver años después para comprobar que aquello no había sido un sueño. Y allí seguía todo, un poco más pequeño, pero estaba todo. Entonces me sentí orgulloso de ser coriano bobo.

 

 

FIN

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